viernes, 13 de agosto de 2010

--- Eee que no podís ir quieto?

¿...Eee QUE NO PODÍS
IR QUIETO, PO..!?
CONTABA MI SUEGRO que recién se había levantado de la siesta y estaba “preparando todo” para regar su huerta, la cual era su orgullo y el comentario de medio pueblo. No había otra huerta igual en Las Lajas. Que igual..! Ni parecida..! Es más, dicen que en Las Lajas esa era la única huerta que había. Y eso no era casual, porque mi suegro, nacido en las chacras del Alto Valle del Río Negro, había traído consigo el secreto milenario indispensable para tener una buena huerta. Este secreto, compartido por bolivianos, italianos y españoles y vedado a la mayoría de los criollos vaya uno a saber porqué maldición también milenaria, consistía nada más (...y nada menos!) que en sembrar y regar!
La maniobra de “preparar todo” para regar la huerta, consistía fundamentalmente en dos cosas: traer la azada del galponcito para ir abriendo y cerrando los surcos de riego y traer medio de prepo a sus dos muchachitas a darle y darle a la bomba de mano. Ellas sabían que colaborar en el “ritual del riego”, era casi la única forma en que después podían quedar libres para sus actividades del domingo a la tarde.
Era justo la hora en que un domingo de Enero se estaba sacudiendo de encima la modorra de la siesta. El calor pesado como plomo derretido, hacía reverberar el polvo de las calles de tierra y ripio como si hirvieran. Porque hacía bastante que no llovía y aunque en aquella época en el pueblo no había muchos automotores, el ir y venir de los mismos por las calles, aflojaba el ripio y se formaba un colchón espeso de ripio suelto y polvo bayo, casi impalpable: fina ceniza volcánica acumulada durante milenios, según los entendidos en el tema.
De vez en cuando alguna tenue brisa parecía que haría aflojar el calor, aunque no pasaban de soplos esporádicos que llegaban desde el lado del río Agrio que vivoreaba ahí nomás, a tiro de piedra. Porque el río estaba cruzando una de las calles en las que hacía esquina la casa de mi suegro, detrás de un terraplén levantado para contener sus crecidas extraordinarias.
Un rumor de motor que se aproximaba por alguna de las dos calles, indicaba que por lo menos otro mortal ya había dejado la siesta y se aventuraba por el polvaderal poco menos que hirviente. Mi suegro levantó la vista y vio que un vecino del lugar venía montado en una motocicleta recién comprada de segunda mano.
Muy probablemente era una Puma de Primera o de Segunda Serie, a juzgar por la época de la que data la historia, allá por finales de la década de 1.950, o quizá principiando los ´60. Y digo muy probablemente, porque esas fueron las primeras motos que se fabricaron masivamente en el país, proliferando en ese entonces. Aunque también podría haber sido una Legnano, una Capri, una Tehuelche, una Paperino, o porqué no, una Zanella Cecatto, puesto que todas ellas fueron orgullo de la producción nacional de aquél entonces y de las cuales solo logró sobrevivir Zanella.
Quien haya manejado una moto livianita y poco potente como cualquiera de esas, sobre un colchón de tierra, de ripio, o de arena suelta, sabrá que no es fácil avanzar y menos fácil es avanzar derecho. Si a eso se le pone arriba un criollo más hecho a las riendas que al manubrio de una moto, con un muchachito asustado en el asiento trasero, se tienen todos los elementos básicos para un buen porrazo.
Venía duro el criollo al comando de la moto, con el muchachito atrás, más duro todavía de puro susto. Llegaron a la esquina donde se cruzaban las huellas de auto de ambas calles. Allí había unos huellones que al ser pisados, seguramente desacomodaron un poco la moto. En esas circunstancias, lo peor que puede hacerse son maniobras bruscas, que parece fue lo que hizo este buen hombre.
Contaba mi suegro que mientras el se volvía a mirar los surcos de riego se escuchó una acelerada violenta, probablemente al caer el conductor con la mano agarrotada sobre el acelerador. Enseguida se detuvo el motor, quizá ahogado. Mientras mi suegro se aproximaba al corralón del patio para ver mejor que había pasado, otro soplo de brisa desde el río despejaba poco a poco la polvadera y apareció una escena imperdible para quien supiese apreciarla.
El muchachito estaba mudo, “entalcado” de pies a cabeza con el polvo de la calle, parado en posición de firme al lado de la moto caída, mirando lejos y con la pera temblando. Más allá el criollo levantándose también mudo, sacudiéndose las ropas y mirando a todos lados para ver si había testigos de la chambonada. Bastó que descubriera a mi suegro mirando por sobre el corralón, para irse derecho al muchachito, argumento perfecto para “deslindar” su responsabilidad, sacudiendo el dedo con el cual lo señalaba y gritándole:

- “...Eee... que… vo... no podís ir quieto, po...!?
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