domingo, 26 de septiembre de 2010

--- HISTORIAS DE PAPAS (17)

Boiled Potatoes (Vitelotte) (shucked and not).Image via Wikipedia
Vitelotte
HISTORIAS DE PAPAS (17)
En este ir y venir por los caminos de la mente buscando recuerdos de historias vinculadas a las papas, en varias oportunidades se me presentó la imagen de una persona de mi pueblo. En principio no encontré vínculos entre esta y mi tema central. Los primeros recuerdos de ella me lo traían como un camionero. Durante mi adolescencia, este hombre tuvo una de las principales flotas de camiones de la zona. Pero allí se terminaban mis recuerdos respecto a este “gringo”, como solemos denominar en Argentina a los provenientes de Italia; pese a que en principio este término no fue acuñado en nuestro país, ni fue aplicado  los italianos, sino a los británicos.
Comenté el caso con un amigo del pueblo, quien está al tanto de mis andanzas literarias y de las otras, pues me extrañaba la aparición casi sistemática de la imagen de este gringo, cada vez que retomaba el hilo de las historias de papas.
     
- “La papa mágica de fulano!!”  - fue su exclamación espontánea, mencionando a esa persona y antes de reírse a carcajadas.

- “No conocés la historia?”, me preguntó enseguida.

Ante mi negativa, comenzó a narrarla. En realidad, si alguna vez tuve conocimiento de ella, probablemente no le di la trascendencia que debí darle para que se grabara en mi mente. Pero también es muy probable que en el subconsciente estuviese dando vueltas buscando aflorar. De una u otra forma lo hizo y aquí está.
El “gringo” fulano, a quien podríamos llamarlo Di Rocco, Di Marco, Di Fonzo, Di Francesco, Di Salvatore, Di Benedetto, Di Blasio,  cualquier otro apellido inconfundiblemente identificado con la península itálica, era uno de los tantos inmigrantes que en distintas oportunidades se afincaron en mi pueblo y trabajaron como el que más. Porque la gran mayoría de ellos, ya sea por su educación temprana o por las miserias padecidas en sus países de origen, tenían un apego al trabajo que a veces parecía enfermizo. Y muchos de ellos también tenían “algo más.”
Este gringo se estableció en mi pueblo con un pequeño comercio, mezcla de verdulería, frutería y forraje. A partir de la posguerra inmediata y al menos  durante una década, la Argentina pasó por una época económicamente buena. Y este gringo comenzó a prosperar, metiendo en su “boliche” horas, esfuerzo, alma y “algo más.”
Durante cualquier época económicamente estable como la que hablamos, comprar barato y vender caro ha sido la premisa general que permite evolucionar favorablemente en un comercio. Y si encima se tiene “algo más”, entonces la evolución puede ser notable. El “algo más” de nuestro gringo se había materializado en una papa común y corriente, aunque notablemente grande.
Muchos de sus amigos terminaron denominándola “la papa mágica”, mientras otros la llamaron “la papa de la fortuna.” Inclusive no faltaron unos cuantos maliciosos que no dudaban en asegurar que sin esa papa, el gringo no hubiese podido comprar todos los camiones que ya tenía durante mi adolescencia.
Y dónde radicaba la “magia” de esa papa?  Muy sencillo, para quienes como nuestro gringo, tienen ese “algo más.” El lugar de esa gran papa, la que en realidad no era única, sino que iba siendo remplazada cuando su estado de deterioro así lo requería, era un estante bajo el mostrador, al lado de la balanza en la cual se pesaban todas las mercaderías vendidas al menudeo.
Cada vez que alguien compraba unos kilos de papas, el gringo las pesaba en la consabida balanza. Quien esté práctico en estos menesteres, difícilmente equivoque el peso por más de cien o doscientos gramos y allí estaba el “algo más” de este hombre, preparando el terreno para que la papa “mágica” entrase en acción.
Cualquiera fuese la cantidad de papas que le pidiesen, ya fuesen uno, dos, tres o cinco kilos, el gringo tenía buen cuidado de poner en la balanza algún centenar de gramos menos del peso requerido. Quien esté habituado a las compras de la casa, probablemente ya se haya dado cuenta cómo se estila pesar las papas en una verdulería de barrio donde estas no se venden en bolsitas previamente pesadas, como se hace en los grandes mercados. El verdulero pone una cantidad en la balanza y si el peso es mayor al requerido saca una y viceversa.
En el caso de nuestro gringo siempre era “viceversa.” O sea que siempre faltaba algo para llegar al kilaje solicitado por el comprador. Entonces y en una hábil maniobra, el gringo tomaba su papa “mágica” y la ponía en la balanza como para completar el peso justo, aunque a sabiendas de que el mismo superaría ampliamente lo solicitado.
Entonces manifestaba expresamente haberse excedido y una vez que el comprador verificaba el exceso de peso, en otra maniobra aún más hábil y rápida sacaba la papa “mágica” de la balanza, la reemplazaba por otra muy pequeñita que ni por asomo compensaba el peso faltante y sin dejar que la balanza se estabilizara, entregaba la mercadería al comprador. A todo esto y dada la celeridad de toda la maniobra distractiva, este último aún conservaba en sus retinas y en su mente, el exceso de peso logrado con la papa “mágica”, por lo cual pagaba y se iba tranquilamente.
Mientras los más benévolos aseguraban no menos de doscientos gramos de ganancia extra en cada venta de papas, otros, quizá exagerando, llegaban a mencionar hasta cuatrocientos gramos por venta. De resultas de esto, por ejemplo, una bolsa de papas de cuarenta kilogramos fraccionada en veinte ventas de dos kilos cada una, se convertía en una bolsa “virtual” de cuarenta y cuatro a cuarenta y ocho kilos. O sea que nuestro gringo obtenía entre un diez y un veinte por ciento de ganancia extra por la venta de papas al menudeo, gracias a su "papa mágica” (...y a su “...algo más!”)

continúa...
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