lunes, 6 de septiembre de 2010

--- HISTORIA DE PAPAS (7)

molino de vientoImage via Wikipedia
HISTORIAS DE PAPAS (7)
Regreso al muchachito de esta historia. Este llegó al campo temprano en el auto del patrón, quien lo trajo desde el pueblo. No conocía a nadie y se sintió muy solo por primera vez en su corta vida. Sus hermanos y sus amigos estaban lejos. Su padre estaba trabajando en otro campo que vaya a saber donde quedaba. Solo seguía a su lado el cálido recuerdo de las palabras de su madre, recomendándole:
     
- “…portate bien y hacé caso!”
     
Esa primera mañana hizo de todo, a medida que le fueron enseñando. Llevó las vacas lecheras hasta el potrero después de ser ordeñadas, conociendo con dolor lo que eran los “abrepuños” cuando sus espinas le bandearon las alpargatas y le sacaron sangre, metiéndose casi hasta el hueso en ese dedo gordo que hasta el momento pisaba descuidado. Luego de acarrear leña para la cocina económica Istilart, acompañó a la cocinera hasta un cuarto sombreado y bien ventilado, la carnicería de la estancia, donde todos los días tempranito, el mismo peón que ordeñaba las vacas, carneaba uno o dos capones ovinos para el consumo diario y los colgaba allí.
Ayudó a la cocinera a llevar la carne cortada hasta la cocina y así fue pasando su primera mañana sin cansarse, porque a una novedad seguía otra y otra. Hasta le habían dejado montar un ratito el tordillo de la cabaña, manso y buenazo, mientras este tiraba a la cincha un carro de pértigo cargado de plantas de maíz recién guadañadas, para darles verdeo a los carneros de pedigrée a galpón. Cada peón que lo cruzó en alguna parte le dijo algo amable o gracioso, lo que lo hizo sentir menos solo. Así, la angustia de la primera hora comenzaba dar lugar a un sentimiento placentero que ya casi lo hacía sentirse de allí, “de las casas.”
Poco antes del medio día, alguno de los tantos peones lo rumbeó con el hacia la matera, donde todos se juntaban esperando los campanazos con los que la cocinera partía el día en dos, llamándolos a almorzar. Al ir al comedor con todos, se enteró de golpe de otra de sus tareas:
     
- “Dónde te habías metido? Le preguntó la cocinera entre apurones (…porque en el mundo no hay nadie más apurado que una cocinera, unos minutos antes del medio día!), mientras le alcanzaba un balde de hierro galvanizado de diez litros.

- “Dale, andá hasta el molino y traélo lleno de agua fresca!” le dijo amable, pero con firmeza.

El molino quedaba a unos cincuenta metros de la cocina, al lado de la carnicería. De su canilla no salía agua. Al ver que la rueda estaba inmóvil pese a que había viento, enseguida entendió que el molino estaba cerrado (…que así se dice en el campo cuando los molinos están frenados). Tardó un poco en encontrar la palanca de madera que accionaba el freno y el aro metálico que la trababa. Hizo deslizar fácilmente el aro hacia abajo y tuvo suerte de no haberse parado delante de la palanca. Porque libre esta, al girar de golpe el molino para orientarse según el viento, la palanca saltó violentamente hacia adelante. Llenó el balde y dejó el molino "abierto", porque sus fuerzas no le daban para bajar de nuevo la palanca del freno.

continúa...
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